16-10-2025

Foto: Cortesía
Los altares, conocidos como ofrendas, son el corazón de la celebración
En todo México, los colores, aromas y sonidos del Día de Muertos comienzan a llenar calles, hogares y panteones, en una de las tradiciones más representativas y queridas del país. Entre papel picado, veladoras, flores de cempasúchil y calaveritas de azúcar, las familias se preparan para rendir homenaje a quienes ya no están.
De acuerdo con la tradición, cada 1 y 2 de noviembre las almas de los difuntos regresan para convivir con sus seres queridos. El primero se dedica a los “angelitos”, es decir, a los niños fallecidos, mientras que el segundo día está reservado para los adultos.
Los altares, conocidos como ofrendas, son el corazón de la celebración. En ellos se colocan fotografías, platillos favoritos, pan de muerto, bebidas y objetos personales del difunto. Todo tiene un significado: la sal purifica, el agua calma la sed del alma y el cempasúchil marca el camino del regreso con su color y su aroma.
Aunque las raíces del Día de Muertos se remontan a las culturas prehispánicas, la celebración actual mezcla elementos indígenas y católicos. En pueblos y ciudades se organizan desfiles, concursos de catrinas y visitas a los cementerios, donde las familias adornan las tumbas y pasan la noche entre música, comida y recuerdos.
La UNESCO declaró esta tradición como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2008, reconociendo su valor como expresión viva de la identidad mexicana.
Más allá de la festividad, el Día de Muertos representa una forma de entender la vida y la muerte con respeto, amor y alegría, una herencia que sigue pasando de generación en generación.

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